sábado, 15 de enero de 2011

El reino del Revés...

Existen melodías que estarán siempre en la memoria de quienes crecimos pisando algo parecido al país de no me acuerdo…aquellos que no recordamos bien si damos dos pasitos para atrás o uno para adelante pero nos acordamos de despertarnos cada mañana tirando tiritas y ojales con botones. Nos acordamos, de vez en cuando es cierto, de jugar al mundo del revés y discutir que dos y dos no son cuatro sino tres a pesar de que los ladrones sean vigilantes y jueces. Nos acordamos de tomar el té, aunque muchas veces no hubiera ni para el azúcar negra, mientras éramos felices mirando algún jardín florido de jacarandá.
También algunas veces esperamos en vano que el doctorrrrr  salvara al brujito de gulubú, y no nos curamos ni con la vacuna ni la luna lu.
Y  fuimos a Paris, y nos hicieron, una y mil veces, planchas del derecho y del revés, pero como tardamos tantos años en cruzar el mar nos volvimos a arrugar…pero seguimos cantando y resucitando.
Y aún hoy volvemos, una y otra vez como sobrevivientes, a esa infancia que supo cantar y dibujar sin hacernos sentir pedabobicamente niñas, sin prometernos mundos dulces dentro de casa,  ni príncipes azules, ni amores eternos, ni finales felices. Porque la naranja enloquecía y a la reina batata la cazaba el cocinero. Y sin embargo las juanas querían no sólo el techo y el pan, sino también la ventana.
Porque nos dibujó un mundo, un poco al revés, un poco loco, como en el que íbamos creciendo, apostando al tiempo no enjaulado, a los cielos celestes aunque cuesten, a lo que nos duele si nos quedamos pero nos mata si nos vamos. Y así seguimos, dando gracia a la desgracia porque nos mató siempre tan mal… y así seguimos una y mil veces cantando, resucitando, al sol como la cigarra…


CARTA A UNA COMPATRIOTA  (María Elena Walsh)- 7 de marzo de 1973 - Revista Extra
  
Querría empezar esta carta llamándote hermana, sea cual fuere tu edad y tu condición social. En realidad el parentesco es novedoso, un descubrimiento reciente del Movimiento de Liberación Femenina. Hasta ahora, sólo fueron hermanas las monjas, y al parecer no por ser hijas del mismo padre sino por ser esposas del mismo esposo ¿no? Porque hijos de Tata Dios somos todos. En la Gran Familia Argentina los varones fraternizan, se abrazan ruidosamente, se llaman ¡Hermano! con tanguero fervor, y en el paroxismo de la pasión
fraterna llegan a desnudar a los futbolistas en plena cancha. Pero las mujeres nunca hemos sido hermanas sino entes aislados, parias sociales, menores de edad instigadas a traicionarse.
A pesar de todo, nos ha hermanado nuestra común condición de sombras, nuestro condicionamiento como satélites sujetas a implacables reglamentos.
En materia de política venimos compartiendo demasiados sobresaltos y bastantes angustias. Es verdad que también las pasan nuestros varones, pero también es verdad que son ellos quienes las fabrican.  Querría decirte hermana, en fin, porque supongo que estás tan harta como yo de paternalismos y no es cuestión de que, aprovechando la invitación de la revista EXTRA a dialogar con vos, me trepe a un púlpito "maternalista" para endilgarte reprimendas y sugerencias, por no decir amenazas, como las que recibimos a diario desde todos los frentes.
Querría compartir con vos algunas incertidumbres, algunas indignaciones y algo que ha pasado a ser desesperación. O, para decirlo con una frase que muchachos graciosos podrían atribuirnos: —"Querida ¿qué disfraz nos cosemos para estos carnavales preelectorales?" Porque las mujeres siempre estamos obligadas a disfrazarnos de algo para poder sobrevivir,  Si sos militante de algún partido nada tengo que decirte, sino que te deseo buena salud y que aprendas karate. Y que trates de no equivocarte, porque el error de un hombre —aunque sea un error a mano armada— no es más que un simple error "¡es humano!" Pero el error de una mujer es una afrenta pública y sirve a la generalización: "las mujeres no están capacitadas... etc.".
Pero es posible que no milites ni creas, ya demasiado en plataformas, candidatos ni alocuciones. Seas quien fueres, estás sosteniendo un sistema que se cae de podrido, en tu doble calidad de víctima y de cómplice.
Sobre tus hombros el sistema descansa tranquilo, y por eso te recomienda tranquilidad, "femineidad", que no te amachones abandonando los ruleros y usando la cabecita loca para pensar. Porque gracias a tu acrobática economía sobrevivimos, porque permites a los hombres, con tu mano de obra gratuita y/o peor remunerada, a soportar una situación que sin tu sacrificio seria intolerable y los obligaría a combatirla con mayor puntería y celeridad.
Seas quien fueres, brillas por tu ausencia en este período preelectoral. No estás en función de candidata, ni de dirigente gremial, ni siquiera como opinante, salvo rarísimas excepciones. Y lo que es más grave, cuando sos excepción y algún partido te permite integrarte para algo más que pegar estampillas y hacer café, tenés miedo —con razón— de representar a tus congéneres y pareces un simple testaferro de los intereses machistas y jugás a tu propia traición.
Naturalmente, algunos muchachos nos critican la indiferencia y la abstención, y las aprovechan para consolidar sus ancestrales argumentos: "La mujer no está preparado para actuar en política, su Destino es el hogar, etc." Los mismos muchachos no suelen preguntarse por qué ningún presidiario triunfa en los Juegos Olímpicos, o por qué el gremio de chapistas no ha dado ningún escritor de la talla de Mujica Láinez. O, para ejemplificarlo mejor con una frase atribuida a Bernard Shaw: "Los norteamericanos blancos condenaron a los negros nada más que a lustrar zapatos; luego se pasaron la vida diciendo que los negros no servían más que para lustrabotas".  Y esto me hace meditar en otra frase célebre: "Hay que educar al soberano". Con la fragilidad mental propia de mi sexo no recuerdo si la dijo Sarmiento o Tu Sam. (Consulto el Manual de Zonceras de don Jauretche: sí, fue Sarmiento en uno de sus días nublados). ¿Hay que educar al pueblo o devolverle la cultura que miserablemente le robaron quienes la usan para mantenerlo en la oscuridad y la indigencia? ¿Hay que educar, preparar a las mujeres o dejarlas ser dueñas de sus vidas, restituyéndoles las energías que les saquean, embruteciéndolas? ¿Deben prepararse o lo han estado siempre sin quelas dejaran ejercer? "¡Las mujeres no están preparadas!" "¡La intuición, virtud esencialmente femenina!" ¿Y nadie dijo que hay que capar a los cretinos, para que no se sigan reproduciendo y produciendo conceptos como éstos?  La cultura capitalista, su psicología dirigida, sus medios de difusión, sus revistas femeninas (con las que habría que hacer una pira en Plaza Mayo y quemarles el traste a sus editores), todo el aire que Respiramos está contaminado de la misma falacia: la Natural incapacidad y subordinación de la mujer. Y fueron mujeres y niños los primeros seres humanos a los que explotó a muerte la Era Industrial, arrancándolos por la fuerza del Sacrosanto Hogar. Y es nuestro mundo Occidental y Cristiano el que no permite a la mujer trabajadora disfrutar sin angustias de la maternidad, el que apaña burdeles y dos morales, una para damas y otra para caballeros, el que se escandaliza de actos terroristas pero hace la vista gorda ante todos los atropellos cometidos contra el cuerpo de la mujer.
"Las mujeres no se dan cuenta de cuánto las odian los hombres", dijo una feminista. Tiene algunas ideas bastante ambiguas, pero se le escapó esta frase donde llama a las cosas por su nombre. Marginación, postergación, misoginia, no son sino eufemismos que suavizan una realidad llamada odio.
Punto.
Con una estrategia típica de todo agresor con cola de paja, suelen defenderse por la acusación: —"¡Pero ustedes las feministas odian a los hombres, les declaran la guerra a los hombres!" Las feministas no tenemos odio, tenemos bronca. El odio —con los fierros, sean armas o moneda— es cosa de hombres. Estamos hartas de odio, aunque venga empaquetado en sublimaciones y piropos. No hemos declarado la guerra, sino que señalamos que existe y tiene los años de nuestra civilización. Nos defendimos como pudimos, a veces con malas artes, por lo tanto es mejor que ahora parezca una guerra abierta, limpia, esta que declaramos contra todas las formas de la arrogancia machista. La guerrilla de la artimaña, el repliegue y la comodidad no hace sino reproducir series de esposas "achanchadas" y madres castradoras.
El Movimiento de Liberación Femenina es una ideología revolucionaria, no exprimida de libracos apolillados sino del cotidiano martirio de la mitad de la humanidad. Nace en las ferias y junto a las bateas, a la vera de las camillas de ginecólogos carniceros y a contrapelo de los viejitos célibes de! Vaticano que vienen diagramando la conducta sexual según conviene a los intereses de los capitales y a las fluctuaciones del mercado bélico.
No es un entretenimiento destinado a distraer de la liberación de los pueblos, sino que esa liberación es mentira mientras la determinen exclusivamente los varones. Así como ya no es posible pensar en términos previos a Marx o Freud (por no decir a Galileo y a Colón), tampoco es posible seguir pensando sin erradicar de cuajo los prejuicios sexistas, base y modelo de toda opresión.
Causan gracia, por no decir otra cosa, las declaraciones apresuradas de algunos de los candidatos: "La mujer, durante nuestro gobierno, gozará de iguales derechos... etc.". Esta manera burda de captar los votos de quienes fueron olvidadas durante la confección de plataformas y de listas, causa una melancólica ternura otoñal. Promesas... ¡a mamá!
Si los dirigentes se propusieran solucionar los problemas de la mujer tendrían que empezar por conocerlos. Y, que yo sepa, las mujeres no hemos sido convocadas para traerlos a luz, valga la femenina expresión. Y mucho menos las brujas sospechosas de feministas, que son todas feas y viejas (en cambio nuestros dirigentes son todos jóvenes y hermosos... Rucci tiene un no sé qué de Paul Newman ¿viste?).
Darán las soluciones que ELLOS consideren oportunas, y siempre que no molesten a la Curia, las Fuerzas Armadas, las Compañías Petroleras, el Rotary Club, la masa societaria de Boca Juniors y el Centro de Damas-con-las-cabecitas-reducidas-por-los-Jíbaros. Eso sí, alguna señora será nombrada subsecretaria de la Intendencia de Saladillo, y con eso quedará demostrado que la Mujer Sabe y Puede y Que La Dejen.
Así como ahora nos dejan usar pantalones para compensar la falta de autoridad real, es posible que nuestros próximos gobernantes nos concedan algunos beneficios. Y bienvenida sea toda reforma, si remedia urgentes dramas que no pueden esperar. Pero ya sabemos que la política del Gatopardo no sirve a la larga sino para reforzar el statu quo: es bueno conceder una que otra mejora accesoria para seguir escamoteando lo esencial: la definitiva liquidación de las barreras de clase y de sexo.
EL Movimiento de Liberación Femenina no se conforma con paliativos, aunque no tenga más remedio que aprobarlos en primera instancia. Tampoco busca a ciegas la igualdad con el hombre (¿igualdad en fuerza bruta, en tácticas de opresión, en fracasos?). Lucha para conquistar una absoluta autodeterminación, para acabar con el reparto de privilegios, funciones y sanciones según el sexo, para construir a la larga una nueva civilización, humana y cooperativa.  Las mujeres, como los negros, los colonizados, la clase trabajadora, a medida que tomamos conciencia, menos queremos dádivas; queremos lo que nos pertenece por-derecho y nos arrebatan día a día, es decir, TODO. Las mujeres, que fuimos custodias de la vida —para que fuera rifada en guerras— queremos más que nunca defenderla de los fabricantes de muerte. Pero según, cómo y cuándo lo determinemos nosotras.
Una de las más perfectas y sutiles perfidias de nuestra sociedad es el condicionamiento y la esterilización mental de las mujeres y los niños. Pero luchar contra ella es la lucha de todas las mujeres. Como cumplo con el pacto de no aconsejarte, y menos en estos momentos de apresurado proselitismo, no te pido que te conviertas en improvisada militante. Pero tengo la obligación de decirte que procures saber de qué se trata, desconfiando de las admirables cátedras de ignorancia que pueden darte los medios de difusión.
Releo esta carta escrita al correr de la máquina y supongo que puede resultarte agresiva. Lo siento. No pude hacerla peor. Por más que aguce el estilo me es imposible reflejar la agresividad de una villa de emergencia, de un aborto clandestino, de los precios de la farmacia. Estos ingredientes configuran un naufragio en el que las mujeres y los chicos entran primeros.
Así como en los éxitos nacionales nos colamos por la retaguardia. Gracias, caballeros.  Creo que en este juego de los votos, como en tantos otros, las mujeres no somos nadie. Creo que nuestro partido se jugará, a la larga, en otro frente. Lo que no significa que no te celebre si vas a votar con fe. Yo también la tengo, pero en vos

martes, 7 de diciembre de 2010

Aproximaciones: Construimos lengua. Toni Morrison

El lenguaje como obsesión. Como rechazo, como olvido. El lenguaje como distorsión. El lenguaje como falta, como error. El lenguaje como negación, como espera.Los juegos del lenguaje. El lenguaje de lo pasivo ¿no? mejor el lenguaje pasivo. La contradicción del lenguaje. El lenguaje del adiestramiento. El silencio del lenguaje. La separación de los lenguajes. El titubeo del lenguaje. La posibilidad del l-e-n-g-u-a-j-e. La alegría del lenguaje.






CONSTRUIMOS LENGUA




TONI MORRISON




Discurso leído al recibir el Premio Nobel
(Traducción de Colombia Truque Vélez)


Érase una vez una anciana. Ciega, pero sabia. ¿O era un anciano? O quizás un gúru. O una leyenda para calmar niños inquietos. He oído esta historia, o una exactamente igual, en el saber popular de varias culturas.
Érase una vez una anciana. Ciega. Sabia.


En la versión que conozco, la mujer es hija de esclavos, de raza negra, norteamericana, y vive sola en una casita a las afueras del pueblo. Su fama de sabia no tiene par y es incuestionable. Entre su gente, ella representa tanto la ley como su transgresión. El honor que se le rinde y la admiración temerosa que se le tributa, trasciende su vecindario y llega hasta lugares lejanos, hasta la ciudad donde la inteligencia de los profetas rurales da origen a mucha diversión.
Un día, la mujer recibe la visita de unos jóvenes empeñados en refutar su clarividencia y en desenmascararla por el fraude que ellos creen que ella es. Su plan es sencillo: entran en su casa y hacen la pregunta cuya respuesta depende exclusivamente de lo que la diferencia de ellos: su ceguera. Se paran frente a ella y uno de ellos dice: Anciana, tengo un pájaro en mi mano. Dime si está vivo o muerto.
Ella no contesta. Le repiten la pregunta: El pájaro que sostengo, ¿está vivo o muerto?


Todavía no responde. Es ciega y no puede ver a sus visitantes, y menos aún lo que esta en sus manos. No sabe cuál es su color de piel, género o tierra natal. Sólo sabe cuál es su motivo.


El silencio de la anciana se prolonga, a los jóvenes les cuesta contener sus risotadas.
Finalmente, la anciana habla y su voz es suave pero severa: No sé, dice. No sé si el pájaro que sostienen está muerto o vivo, pero sé que está en sus manos. Está en sus manos.


Su respuesta podría interpretarse de esta manera: si está muerto, fue porque así lo encontraron o porque ustedes lo mataron. Si está vivo, todavía pueden matarlo. Que siga vivo, es su decisión. De cualquier manera, es su responsabilidad.


Por hacer ostentación de su poder y poner en evidencia la debilidad de la anciana, los jóvenes visitantes reciben un regaño, se les dice que son responsables no sólo por el acto de burla, sino también por el pequeño manojo de vida sacrificado para lograr sus propósitos. La anciana ciega desplaza la atención de las afirmaciones de poder al instrumento a través del cual este poder se ejerce.


La especulación sobre lo que este pájaro-en-mano (aparte de su cuerpo frágil) puede significar, siempre me ha atraído, pero en especial, así lo pienso ahora, por la forma en que he sido con respecto al trabajo que realizo y que me ha traído hoy ante ustedes. Decido entonces interpretar al pájaro como lenguaje y a la anciana como un escritor experimentado. La anciana está preocupada por la forma en que el lenguaje en que ella sueña, que le fue dado al nacer, se maneja, se pone al servicio, incluso se le enajena para ciertos nefarios propósitos.


Al ser una escritora, ella considera el lenguaje en parte como un sistema, en parte como algo viviente sobre lo cual uno tiene control, pero sobre todo como un medio – como un acto con consecuencias.


Entonces, la pregunta que le hacen los muchachos, ¿Está vivo o muerto?, no es irreal, porque ella piensa en el lenguaje como algo susceptible de morir, de ser borrado; ciertamente puesto en riesgo y redimible únicamente por un esfuerzo de la voluntad. Ella cree que si el pájaro que está en las manos de los visitantes está muerto, sus custodios son responsables por el cadáver. Para ella, un lenguaje muerto no es sólo ese que ya no se habla o escribe, es ese lenguaje rígido, satisfecho de admirar su propia parálisis. Como el lenguaje del estadista, censurado y censurante. Despiadado en sus deberes policiales, no tiene otro deseo o meta que mantener el libre deambular de su propio narcisismo narcótico, su propia exclusividad y dominio. Aunque moribundo, no deja de tener sus efectos para bloquear el intelecto, ahogar la conciencia, suprimir el potencial humano de manera activa. Refractario a la interrogación, no produce ni tolera ideas nuevas, moldea los pensamientos ajenos, cuenta otra historia, llena silencios confusos. El lenguaje oficial hecho añicos para sancionar la ignorancia y mantener el privilegio, es una armadura lustrada para impactar con su relumbre, un cascajo del cual salió el caballero hace mucho tiempo.


Más aún, es tonto, predatorio, sensiblero. Suscitando reverencia en los escolares, dando refugio a los déspotas, evocando falsas memorias de estabilidad y armonía entre la opinión pública.


La anciana está convencida de que cuando el lenguaje muere, cae en el descuido o el desuso, en la indiferencia y falta de estima, o es asesinado por decreto; así no sólo ella sino todos lo que lo usan o producen son responsables por su defunción. En su país los niños han refrenado su lengua y usan balas en lugar de iterar la voz del lenguaje mudo, del lenguaje inhabilitado e inhabilitador, del lenguaje que todos los adultos han abandonado como dispositivo para resolver un problema usando el sentido, dar orientación o expresar amor. Pero ella sabe que el suicidio-lingual no es la elección sólo de los niños. Es común entre los pueriles jefes de estado y mercachifles del poder, cuyo vaciado lenguaje los deja sin acceso a aquello que resta de sus instintos humanos para que hablen sólo a aquellos que obedecen o con el fin de forzar a la obediencia.


Este saqueo sistemático del lenguaje puede reconocerse en la tendencia de sus hablantes a renunciar a sus propiedades de matiz, complejidad y alumbramiento, a cambio de la amenaza y la subyugación. El lenguaje opresivo hace más que representar la violencia: es violencia; hace más que describir los límites del conocimiento: limita el conocimiento. Ya sea el oscuro lenguaje estatal o bien el pseudolenguaje de los insensatos medios de comunicación; ya sea el orgulloso pero calcificado lenguaje de la academia o bien el lenguaje de la ciencia impulsado por los productos; ya sea el pernicioso lenguaje del derecho-sin-ética o el lenguaje diseñado para el extrañamiento de minorías – que esconde su expoliación racista en su tupé literario-, debe ser rechazado, transformado y puesto en evidencia. Es el lenguaje que chupa sangre, encubre vulnerabilidades, oculta sus botas fascistas bajo crinolinas de respetabilidad y patriotismo, mientras se mueve implacablemente para vigilar los rangos inferiores y la mente de los peores. Lenguaje sexista, lenguaje racista, lenguaje teísta – todos son típicos de los policíacos lenguajes del poder, que no pueden permitir el nuevo conocimiento o animar el mutuo intercambio de ideas.


La anciana es muy consciente de que a ningún mercenario intelectual, ni insaciable dictador, ni político o demagogo profesional ni a ningún falso periodista, lo convencerían sus ideas. Hay y habrá un lenguaje conmovedor para mantener a los ciudadanos armados y dispuestos a hacer que otros se armen; muertos en masa o masacrando en las galerías, en los tribunales, en las oficinas de correos, en las canchas deportivas, en los dormitorios y bulevares; promoviendo o memorizando lenguaje para enmascarar la piedad y el desperdicio de tanta muerte innecesaria. Habrá más lenguaje diplomático para aprobar el ultraje, la tortura, el asesinato. Hay y habrá más lenguaje seductor mutante, diseñado para estrangular mujeres, para empacar sus gargantas como paté de ganso con sus propias indecibles y transgresoras palabras; habrá más lenguaje de vigilancia disfrazado como investigación, de política e historia calculado para hacer enmudecer el sufrimiento de millones; lenguaje estilizado para emocionar a los insatisfechos y afligidos por el asalto de sus vecindarios; lenguaje arrogante pseudoempírico pensado para encerrar a la gente creativa en jaulas de inferioridad y desesperanza.


Debajo de la elocuencia, de la elegancia, de las asociaciones académicas, por más conmovedor o seductor, el corazón de tal lenguaje es lánguido, o tal vez sin pulso en absoluto – si el pájaro está ya muerto.
La anciana ha pensado cuál habría sido la historia intelectual de cualquier disciplina si no hubiera existido quién insistiera, o no se hubiera visto obligado a avanzar. El desperdicio de tiempo y vida que las racionalizaciones y representaciones de y para el dominio, exigían – discursos letales de exclusión bloqueando el acceso al conocimiento tanto para el que excluye como para el excluido.
La sabiduría convencional de la historia de la Torre de Babel es que el colapso fue una desgracia. Que fue la distracción o el peso de muchos lenguajes los que precipitaron la arquitectura fallida de la torre. Que un lenguaje monolítico hubiera facilitado la construcción y se habría alcanzado el cielo. ¿El cielo de quién?, se pregunta la anciana. ¿Y qué clase? Tal vez el logro del Paraíso fue prematuro, un poco mal intencionado si nadie tuvo tiempo para entender otros lenguajes, otros puntos de vista, otro período de narrativas. Pudieran ellos haber encontrado a sus pies el cielo que imaginaban. Complicada, exigente, sí, pero una visión de cielo como vida, no un cielo como más allá de la vida.


La anciana no quería dejar a sus jóvenes visitantes con la impresión de que el lenguaje debería forzarse a mantenerse vivo de cualquier manera. La vitalidad del lenguaje radica en su capacidad para retratar vidas reales, imaginadas y posibles de sus hablantes, lectores, escritores. Aunque su equilibrio está a veces en desplazar la experiencia, esta experiencia no lo sustituye. El lenguaje apunta al lugar donde puede hallarse el sentido. Cuando un Presidente de los Estados Unidos reflexionó sobre cómo su país se había convertido en un cementerio, y dijo: El mundo casi no notará y menos aún recordará lo que decimos aquí. Pero nunca olvidará lo que hicimos aquí, sus solas palabras son vigorizantes en sus propiedades de afirmación vital porque se niegan a encapsular la realidad de 600.000 muertos en una cataclísmica guerra racial. Al negarse a monumentalizar, al desdeñar la última palabra, la recapitulación exacta, al reconocer su poco poder para agregar o quitar, sus palabras indican deferencia hacia la incapturabilidad de la vida que lamentan. Es esta deferencia lo que las mueve, este reconocimiento de que el lenguaje nunca puede mantenerse fiel a la vida de una vez por todas. Ni debería. El lenguaje nunca puede inmovilizar la esclavitud, el genocidio, la guerra. Ni debería anhelar arrogancia de ser capaz de hacerlo. Su fuerza, su felicidad esta en alcanzar lo inefable.


Ya sea preeminente o precario, oculto, detonante, o se niegue a santificar; ya se ría a carcajadas o bien sea un aullido sin alfabeto, la palabra escogida, el silencio escogido, el lenguaje tranquilo bulle hacia el conocimiento, no hacia su destrucción. Pero, ¿quién no conoce de literatura proscrita porque es interrogativa, desacreditada porque es crítica, borrada porque es alternativa? ¿Y cuántos no se sienten ultrajados por la idea de una lengua autodestruida?


El trabajo-de-la-palabra es sublime, piensa la anciana, porque es generativo, produce el significado, que garantiza nuestra diferencia, nuestra humana diferencia – la manera en la cual somos como ninguna otra vida.


Morimos. Ese debe ser el significado de la vida. Pero construimos Lenguaje. Esa debe ser la medida de nuestras vidas.


Érase una vez,...unos visitantes hicieron a una anciana una pregunta. ¿Quiénes son, estos muchachos? ¿Qué hicieron con este encuentro?.. ¿Qué oyeron en estas palabras finales: El pájaro está en sus manos? Una frase que señala hacia una posibilidad o un signo que capta enseguida la idea. A lo mejor lo que los muchachos oyeron fue: No es mi problema. Soy mujer, soy vieja, soy negra, soy ciega. La sabiduría que poseo ahora está en saber que no puedo ayudarlos. El futuro del lenguaje les pertenece.


Ellos estaban ahí, de pie. Supongan que no había nada en sus manos. Supongan que la visita era sólo un ardid, una jugarreta para lograr que les hablaran, los tomaran en serio como no lo habían sido antes. Una oportunidad para interrumpir, para violar el mundo adulto, su miasma de discurso sobre ellos, por ellos, pero nunca para ellos. Preguntas urgentes están en juego, incluyendo esa que ellos hicieron: ¿Está el pájaro que sostenemos vivo o muerto? Quizá la pregunta quería decir: ¿Podría alguien decirnos qué es la vida? Nada de artilugios; ninguna estupidez. Una pregunta directa digna de la atención de una sabia. De una anciana. Y si la anciana visionaria que ha vivido la vida y afrontado la muerte no puede describir a ninguna de las dos, ¿quién puede?


Pero no lo hace, guarda su secreto, su buena opinión de sí misma, sus gnómicos manifiestos, su arte sin compromiso. Mantiene su distancia, la refuerza y se retrae en la singularidad del aislamiento, en un espacio sofisticado, privilegiado.


Nada, ninguna palabra sigue a su declaración de transferencia. Este silencio es profundo, más profundo que el significado contenido en las palabras que pronunció. Este silencio se estremece y los muchachos, fastidiados, lo llenan con lenguaje inventando sobre el terreno.


¿No hay discurso, le preguntan, no hay palabras que usted pueda darnos para ayudarnos a abrirnos paso en su expediente de fallas? ¿A través de la educación que ustedes nos dieron, que no es en absoluto educación porque estamos presentando mucha atención a lo que han hecho, así como a lo que han dicho? ¿Hasta la barrera que ustedes han erigido entre generosidad y sabiduría?


No tenemos ningún pájaro en nuestras manos, vivo o muerto. No la tenemos sino a usted y nuestra importante pregunta. ¿Es la nada que está en nuestras manos algo que usted podría cargar para contemplar, para adivinar siquiera? ¿Ya no se acuerda siendo joven cuando el lenguaje era mágico sin significado? ¿Cuando lo que usted podía decir, podía no significar? ¿Cuando lo invisible era lo que la imaginación se esforzaba en ver? ¿Cuando preguntas y peticiones de respuesta ardían tan brillantemente que usted temblaba de furia al no saber?


¿Tenemos acaso que comenzar a ser conscientes con una batalla de heroínas y héroes, así como usted luchó y perdió dejándonos con nada en las manos salvo lo que usted imaginó que está en ellas? Su respuesta es artificiosa, pero su artificiosidad nos avergüenza y debe avergonzarla a usted. Su respuesta es indecente en su autocomplacencia. Un guión-para-televisión que no tiene sentido si no hay nada en nuestras manos.


¿Por qué no se comunicó, y nos tocó con sus dedos suaves, demorando la mordedura de sonido, la lección, hasta saber quiénes éramos? ¿Tanto despreció nuestra jugarreta, nuestro modus operandi, que no pudo ver que estábamos confundidos sobre cómo lograr su atención? Somos jóvenes. Inmaduros. Hemos oído durante todas nuestras cortas vidas que tenemos que ser responsables. ¿Qué podría eso significar en la catástrofe en que este mundo se ha convertido, donde – como dijo un poeta- nada necesita ser expuesto cuando es ya descarado? Nuestra herencia es una afrenta.


Usted quiere que tengamos sus viejos y vacíos ojos, y veamos solamente la crueldad y la mediocridad. ¿Piensa que somos lo suficientemente estúpidos para perjurarnos una y otra vez con la ficción de independencia nacional? ¿Cómo se atreve a hablarnos de deber cuando estamos hundidos hasta la cintura en el veneno de su pasado?
Usted nos banaliza y además trivializa el pájaro que no está en nuestras manos. ¿No hay contexto para nuestras vidas? Ninguna canción, ninguna literatura, ningún poema lleno de vitaminas, ninguna historia unida a la experiencia que pueda pasarnos para que no ayude a marchar bien? Usted es un adulto. La anciana, la sabia. Deje de pensar en salvar su pellejo. Piense en nuestras vidas y cuéntenos cómo es su mundo individual. Invéntese un cuento. La narrativa es radical, nos crea en el mismo momento en que está siendo creada. No la culparemos si su alcance sobrepasa su control, si el amor inflama tanto sus palabras que estas caen en llamas y nada queda sino su quemadura. O si, con la reticencia de las manos de un cirujano, sus palabras suturan sólo los lugares donde puede manar la sangre. Sabemos que usted nunca podrá hacer esto apropiadamente – de una vez por todas. La pasión no es nunca suficiente; tampoco la destreza. Pero inténtelo. Por nuestro bien y el de usted, olvide su nombre en la calle; díganos lo que el mundo ha sido para usted en los sitios oscuros y en la luz. No nos diga lo que hay que creer, lo que hay que temer. Muéstrenos la ancha saya de la creencia y la puntada que desenmaraña el amnios del temor. Usted, anciana, bendecida con la ceguera, puede hablar el lenguaje que nos dice lo que sólo el lenguaje puede decir: cómo mirar sin imágenes. Solamente el lenguaje nos protege de las cicatrices de las cosas sin nombre. Solamente el lenguaje es meditación.


Díganos lo que es ser una mujer de modo que podamos saber lo que es ser un hombre. ¿Qué se mueve en el margen? ¿Qué es no tener un hogar en este lugar? Soltarse de aquel que uno conoció. ¿Qué es vivir a las afueras de ciudades que no pueden soportar la compañía de uno?


blenos sobre barcos que regresaron de los bordes de la playa en la Pascua Florida, placenta en un campiña. Háblenos de una carretada de esclavos, ¿Cómo cantaban tan suavemente que su respiración no se distinguía de la caída de la nieve? ¿Cómo por el encorvamiento del hombro más cercano supieron que la próxima parada podía ser la última para ellos? ¿ Cómo, con las manos puestas en oración sobre sus sexos, pensaron en el calor, luego en el sol, alzando sus rostros como si estuviera allí para entrar? Volteándose como para entrar. Se detuvieron en una hospedería. El conductor y su compañero entraron con la lámpara, dejándolos zumbando en la oscuridad. El hueco del caballo humea en la nieve bajo sus cascos, y su siseo y licuefacción son la envidia de los congelados esclavos.


La puerta de entrada se abre: una muchacha y un muchacho salen de su luz. Trepan en la cama del vagón. El muchacho tendrá un revolver en tres años, pero ahora lleva una lámpara y un cántaro de sidra tibia. Se lo pasan de boca en boca. La muchacha ofrece pan, pedazos de carne y algo más: una mirada a los ojos de aquel a quien sirve. Una ración para cada hombre, dos para cada mujer. Y una mirada. Ellos se la devuelven. La próxima parada será la última para ellos. Pero no ésta. Porque ésta ha sido entibiada.


Hay silencio otra vez cuando los muchachos terminan de hablar, hasta que la mujer lo rompe.


Finalmente, dice, les creo ahora. Les creo con el pájaro que no está en sus manos porque verdaderamente lo capturaron. Miren. Cuán hermoso es esto que hemos hecho – juntos.


(Tomado de Discursos Premio Nobel, Editorial Común Presencia, tomo 2. Bogotá, 2003

domingo, 7 de noviembre de 2010

Tu cuerpo es un campo de Batalla

Bárbara Kruger - 1989

Siempre recuerdo el cartel que la artista plástica Barbara Kruger supo colgar por las calles de new York cuando las mujeres peleaban a favor del aborto: “Your body is a Battleground”, y siempre me viene una y mil imágenes para pensar cómo escribir esos cuerpos que hacen batalla. Escribo, borro y viceversa. Imagino qué escribir, cómo escribir, cómo poner en palabras esos cuerpos, cómo plasmar esa materialidad en letras, signos para que puedan volverse sobre los cuerpos de otr@s que hacen batalla, ¿cómo pensar ese campo político que es el cuerpo, desde el cuerpo y con el pensamiento?
Decía Michel Foucault “El cuerpo es el punto cero del mundo, allí donde los caminos y los espacios vienen a cruzarse, el cuerpo no está en ninguna parte: en el corazón del mundo es ese pequeño núcleo utópico a partir del cual sueño, hablo, expreso, imagino, percibo las cosas en su lugar y también las niego por el poder indefinido de las utopías que imagino. Mi cuerpo es como la Ciudad del Sol, no tiene un lugar pero de él salen e irradian todos los lugares posibles, reales o utópicos”.
¿Cómo escribir sobre los cuerpos utópicos, los lugares posibles y soñables que nos ofrecen, que nos regalan?. Intento hacer carne la distancia, cruzar el charco, mojarme y encontrarme bajo los brazos de otras mujeres, esas que irrumpieron en Paraná1 como cuerpos que se encuentran, se juntan, hablan, se pelean, se alejan, construyen, entre esos y muchos otros cuerpos. Cuerpos que me despiertan, que me recuerdan el cuerpo feminista, cuerpo que se encarna en otr@s y regresa, sin poder ser apresado, a los dedos que escriben palabras rápidas y pensamientos fugaces, pensamientos-cuerpos, cuerpos-pensamientos, cuerpos-campodebatalla, cuerpos-vivos.
Durante 3 días muchas mujeres-cuerpos de Argentina llenaron las calles de una ciudad dormida en los silencios cómplices. A pesar de sus diferencias, sus enredos, sus peleas, esos cuerpos visibilizaron cuerpos silenciados, cuerpos olvidados, cuerpos negados. Dibujando y caminando deseos, historias, armando luchas contra una sociedad que las ignora, las olvida, las condena. Ese cuerpo-campo de batalla, cuerpo que fue la posibilidad del encuentro con el/la otr@,cuerpo-deseo, cuerpo-canto, cuerpo-poesía, cuerpo-amor.
Pero sí, no sólo es utopía, también es sombras ese cuerpo, también es ese campo de batalla que soportó y soporta la indiferencia, los señalamientos, las exclusiones, los susurros bajos de una ciudad hipócrita, de unas voces que callan las complicidades sobre los cuerpos-mujeres, los abusos, los dolores, las soledades. Cuerpos que gritaron ante los señalamientos que sólo ve la ciudad como sucia, sucia de lápiz y cartón, palabras-sucias, cuerpos-sucios, mujeres-sucias, deseos-sucios, sucios,sucios,sucios…
Cuerpos-mujeres que trazaron una deriva diferente, cuerpos que hicieron utopía de querer, soñar, desear, poro a poro, una vida diferente para todas las almas utópicas que se encarnan en cuerpos que sienten, desean, imaginan que otro mundo es posible, que otra relación entre esos cuerpos son posibles. Cuerpos en lucha, imaginando, escribiendo, cantando, socavando, riendo, deseando, amando, que es el mejor modo de poner en paréntesis las dudas, las derrotas, las pequeñas muertes cotidianas.
Y allí estuvieron, cuerpos que se desgajan y van armando palabras con otr@s, encuentros, deseos. Van dejando trazos de gritos que buscan miradas cómplices de sueños, cuerpos que se encarnan, que caminan, que gritan, que alborotan, que dejan estelas de sueños, susurros por las noches que te abrazan, como un cuerpo, que sueña, que abraza, que ama, otra ciudad, otra vida, otro cuerpo…


Notas
1.- Los días 9, 10 y 11 de octubre de 2010 se realizó en la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos, Argentina, el XXV Encuentro Nacional de Mujeres. El mismo se desarrolla cada año en una ciudad distinta del país y reúne alrededor de 10.000 mujeres de todo el territorio y de diferentes devenires vitales. 

sábado, 6 de noviembre de 2010

Comenzamos

En la época del fin del blog, después del boom vivido en los últimos años, nos lanzamos a jugar a este juego que parece ya antiguo. Comenzamos desde nuestra casa italiana y lo hacemos colectivamente.
Escribe Hélène Cixous en La llegada a la Escritura: ¡Suéltate1 ¡Suelta todo! ¡Pierde todo! Toma aire. Hazte mar adentro. Hazte de la letra. Escucha: nada ha sido hallado. Nada se ha perdido. Todo está para buscarlo. 
Y sin más preámbulos benvenuti a nuestro salotto.